Mostrando entradas con la etiqueta Lagartijas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lagartijas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de febrero de 2013

MI HERMANA VIVE SOBRE LA REPISA DE LA VENTANA

          Mi hermana vive sobre la repisa de la ventana fue, de los libros que leímos en el intercambio, el que más me gustó, y lo hizo porque nos cuenta un suceso trágico a través de los ojos inocentes de un niño. Podemos ver en ella el dolor que los familiares afectados por el atentado, los prejuicios que nacen hacia una raza, y sobretodo, a una familia destrozada por una guerra a la que no pertenecían. Todo esto crea un libro que, desde luego, recomendaría leer por su ternura y cercanía a la hora de contar unas vivencias especialmente traumáticas y dolorosas, marcando la diferencia entre la visión de ellas de un niño, y
de un adulto.

Autora: Filgueira Martínez

QUIEN TE QUIERA NO TE HARÁ SUFRIR


Esta vez se encarga papá, cariño. Lo sacaré de tu mente, de tu corazón. Lo haré aunque mis palabras a ti duelan, discúlpame si te hieren. No lo harán tanto como él hizo. No te preocupes por ese idiota, intento de hombre que te utilizó, maltrató, hizo de ti un despojo y tu nombre ensució. No por ese que tu juventud estropea, malnacido que tus ojos hace dejar de brillar y ahogar en lágrimas. Preocúpate por tu juventud, tu futuro y lograr una vida que valga la pena, en la que no dependas de desecho humano alguno, en la cual tú seas tu dueña, que sean tus logros los motivos de tu felicidad y que no dejes que jamás nadie te haga dejar de soñar.

viernes, 18 de enero de 2013

LOS ACCIDENTES A VECES AYUDAN

Hola querido amigo:

         Este amanecer te he sentido junto a mí en mi cama. Sin darnos cuenta la noche la pasaste en mi casa. Al despertar miré hacia un lado y ahí estabas tú. Observé nuestros cuerpos untados de sudor, como dos tostadas unidas por el rastro que nuestro amor dejó. El calor de nuestros cuerpos, los besos de nuestros labios; ni un sabio muy sabio que sabe sin antes saber sabe lo que sentimos con este perro amor. La verdad es que me apena, no quería escribir esta carta que leerás cuando en la mesa ante la comida estés. Por cierto, tu desayuno está en la mesa. La noticia es un tanto dura, no me atrevía a decirla a través de mi garganta y ver cómo tu cara por fases de cambio pasaba. Bueno amor, te cuento de sopetón: el niño que esperaba, a ti, su padre, llamaba cuando la dichosa pastilla de jabón me hizo tropezar y nuestro hijo del cual no sabías, así por un accidente culpa mía, de ese modo murió. Lamento esta desgracia, pero amigo… ¿quisieras pasar el resto de noches conmigo y a mi ombligo susurrar tras lograr crear de nuevo fruto de nuestro amor? Respóndeme de este modo: si sí, quédate en casa, a las doce estaré de vuelta; si no, no le des más vuelta a esto. Al llegar a casa, nadie allí estaba, me fui a mi cuarto, donde lloré destrozada. Había perdido a mi niño, ahora he perdido a mi amor. No había otras palabras que por mi mente rondaran. No obstante, a las doce y algo llegó mi chico, pensé que algo olvidado había dejado, pero venía con una bolsa, en ella jabón líquido, me extrañó.
-Cariño, este niño no sufrirá ese accidente, de eso esta vez se encarga papá.

Nombre: Inés Cruz

sábado, 29 de octubre de 2011


Los hombrecillos

Dicen que los grandes seres que gobiernan el mundo, a veces, se reúnen en secreto en algún lugar del espeso bosque. Llegan desconfiados y temerosos de que los descubran, recelando los unos de los otros, mostrándose hostiles y agresivos, como si tuvieran miedo. Cuando rebasan la puerta principal, se quitan sus pieles y se descubren, para luego salir del interior de sus titánicos cuerpos unos miserables hombrecillos desnudos, temblorosos y asustadizos, de grandes ojos que sobresalen de sus pálidos rostros enfermizos.
 Ya en el interior de la humilde casita de madera, bajan por una larga rampa, moviéndose torpemente, tropezándose entre ellos y emitiendo pequeños gruñidos, como si fuera una manada de ratas desorientadas. En la oscuridad, el silencio parece adormecerlos hasta que se oye la débil voz de uno de ellos, iniciando una especie de plegaria que repiten los demás intermitentemente, provocando un murmullo que se vuelve ensordecedor a medida que rezan cada vez más rápido, casi gritando, a la vez que despiden un olor nauseabundo que ilumina todo el espacio, hasta que, casi al unísono, comienzan a vomitar una especie de jugo verdoso muy espeso con babosas flemas ensangrentadas.
El lugar se vuelve fangoso e irrespirable. Es entonces cuando, precipitadamente, salen exhaustos  y jadeantes de allí, con sus estómagos vacíos, y, tras ponerse sus enormes disfraces, se mueven entre ellos violentamente, como si estuviesen bailando una danza guerrera, mientras que, a modo de lamentos  emiten, abriendo exageradamente sus fauces voraces, unos rugidos atronadores que se extiende por todo el planeta, tras lo cual comienzan a correr en todas las direcciones, dispuestos a devorar el mundo y saciar nuevamente su codicia desmedida.

lunes, 21 de febrero de 2011

CARTA DEL ABUELO.

Querido amigo:

               Los hijos se han marchado. Solos en esta casa inmensa esperamos ansiosos que suene el teléfono y oír sus voces, o que la perra ladre porque alguno de ellos pudo venir por casa. La perra también les echa de menos y está siempre atenta a cualquier ruido. Conoce el ruido que tiene el motor de sus coches y a veces se equivoca y se pasa un buen rato ladrándole a la puerta a la espera de que alguno la abra para olfatearle los zapatos y saber de sus vidas…  Siempre con prisas, “cargados de trabajo”.
La cisterna gotea. Nadie la arregla. Parece que hace falta oír intermitentemente  al hidro saltar y reponer la pérdida. Si todos tuviéramos un hidro y pudiésemos reponer las pérdidas, nuestras pérdidas, incluso las de alma rasgada, …
            Las luces apagadas para ahorrar energía hacen más negra la oscuridad de nuestras vidas y esta pesada carga  que ahora soy yo para ella, me humilla, pero a pesar de todo le voy ganando al desaliento. Los nietos solamente aparecen en días señalados… ¡Dichosos estudios! .
           Un año más, la sociedad secuestrada por el consumo,  nos maltrata. Nos obliga y nos somete a sus dinámicas. Ahora toca San Valentín. Ya sabes, lo mío es más complejo, pues me siento un estorbo de esta casa vacía…  Pero ¡mierda!, ¿qué importa?, me lleno de energía para pensar un verso, para latir un verso que la haga sentir bonita, tal y como la veo a pesar de los años. Siempre radiante, joven y fresca como en el primer día.

“Salinera, salinera, sonríe y saca la sal,
que el sol desde el cielo mirándote está,
y calienta fuerte con rabia infernal
porque sabe niña que en tu corazón
nunca habrá vacío, lo llenaré yo,
de estrellas, de lunas, de noches de amor.
¡Sonríe, mi niña! , ¡que te quiero ,amor!”

          Ella se alegrará y me dará un beso en la mejilla. Siempre me consuela con sus besos y  sus abrazos. Siempre…

Hoy es un día especial… San Valentín.

Los hijos se han marchado. Perdona que esté triste.
               Un beso.

Autor: Paco Navarro

domingo, 6 de febrero de 2011

Diferente

      Érase de un corazón en huelga de amor, en lucha afectiva por la dignidad de sus latidos. Érase un corazón triste, aburrido, labriego de una huerta sin mirada, huérfano de alegría, sin ocasión de risa, sin momentos.  En ayuno de cariño despertaba en la noche. Sudoroso, soñaba con la muerte. Ausente de si mismo iniciaba el regreso imaginario a otro amor que un adiós hizo pasado. Harto de ser un corazón autorizado decidió sin respeto de la duda mirar a sus vecinos corazones.  Cargados de rutinas palpitaban sin poder descansar ni un solo instante, orgullosos de mantener la vida. Millones de colegas juguetones, saltarines, bailarines, más fuertes, deportistas, músicos, lectores, cocineros, borrachines, mentirosos, … nada les preocupaba.  ¡Sistólicos días! , ¡Diastólicas noches! . Así se saludaban  altaneros. Érase un corazón independiente, celoso de sus emociones, amigo de la lágrima furtiva que atravesaba el desierto de su rostro por saludar el pecho ardiente y tierno, amigo del suspiro profundo que libera, de la mano que estrecha a los amigos, de la palabra que reconforta, de la luz.
Érase un corazón que aprendió a perderlo todo y seguir vivo. Érase un corazón que enamoraba.

miércoles, 2 de febrero de 2011

El orden



El orden
¿Quién ha dicho que los libros no tienen vida?
Tamaña insensatez sólo puede venir de quien no haya convivido con ellos. “Convivir”, es decir, “vivir en compañía de…” Sin ir más lejos, ayer tuve la enésima demostración. Mientras ordenaba libros en los estantes de mi estudio –y refugio- tuve que reubicar una novela, La joven de la perla. La bajé un estante, empujado por la necesidad de espacio para otra adquisición más reciente. Entonces lo noté: la novela respiraba, suspiraba más bien. Se agitaba y se sacudía ella misma el polvo de sus páginas entre mis manos. Protestaba esa novela –estoy seguro- y comprendí su reacción. Lo entendí todo –sin mediar palabras- al ver que el descenso en el estante la obligaba a dejar arriba, arrimada junto al panel de separación lateral, un libro de relatos que también se tambaleaba desde su sufrimiento, Del amor y otros relatos, de Chejov. ¡Quería seguir junto a ella! Ni se le ocurría calibrar por un solo momento la posibilidad de que a partir de ahora, durante meses –o años- tuviera que verse obligada a quebrar su promesa de amor para pasar a sentir el roce áspero del lomo de esa otra innombrable novela que nunca le había gustado.
¡Están vivos, los libros! Yo lo sé muy bien… Por eso hoy, acuciado por el remordimiento, subí al estudio y devolví la novela a su anterior ubicación. No me importa haberme saltado el orden alfabético. La sonrisa que intuí en el reencuentro de aquellos dos libros, el calor que desprendieron en mis manos al juntarse… eso está por encima de cualquier otro criterio de clasificación. Desde ahora tendré más cuidado al mover dos libros, o al intercalar uno que pueda romper SU orden.

martes, 1 de febrero de 2011

La enfermedad

     Nunca fueron suficientes los años perdidos entre algodones, sin apenas salir de la casa; los rezos diarios; las miles de horas vigilantes; las pesadillas advirtiéndoles de todos los peligros o el celo con que fue educado aquel niño enfermizo. El médico, Don Celestino, fue siempre muy preciso y categórico: al menor síntoma sería necesario ingresarlo en el Hospital, su salud correría un grave peligro.
Con los años, también, se fue marchando la gente y aquel pueblo fue envejeciendo con los vecinos que quedaron. El niño se convirtió en un hombre, pero sus padres, precavidos, permanecían vigilantes, como hacía veinte años. Al final de la primavera, la savia, al igual que el deshielo hace correr con ímpetu los ríos entre los cañones, como un torrente, hace brotar con fuerza la naturaleza y la sangre parece descongelarse para volverse caliente. El aire se perfuma y llena a los lugareños de sensaciones indescriptibles.
Su olor a jazmín, dulce y penetrante, le llegó cuando despertaba una mañana. Se asomó a la ventana de su castillo de marfil, la vio subir por la colina, con su pamela achampanada, de la que escapaba su larga cabellera azabache, que ondeaba al viento, alegre y festiva. Sus grandes gafas de Sol cubrían un rostro angelical, cubierto de pecas que salpicaban su piel blanca y delicada.
El corazón de aquel hombre, al verla, dio un vuelco y sus palpitaciones galoparon inesperadamente. Su madre, presintiéndolo, fue hasta su habitación y, tras dar un grito, corrió hasta el teléfono, marcando angustiada las teclas: “!Don Celestino, Don Celestino…mi hijo se ha vuelto a enamorar!"

sábado, 29 de enero de 2011

Criadero de lagartijas

En este espacio se revuelven los textos pequeños o microrrelatos como las lagartijas. Un criadero donde moverse cómodamente, en un formato fácil de leer y donde los jóvenes lagartos puedan experimentar con sus letras. Seguro que surgirán verdaderos lagartos que se moverán ágiles en este terreno y pondrán a prueba su ingenio y su agudeza: unas pocas letras para de repente lanzarnos a un final sorprendente e inesperado.