Desvalido y vencido por el llanto,
de tu vientre sagrado llegué a los resplandores de la vida.
Sonriente, inventaste el amor que me amó siempre,
y tu mirada clara me invitó a resplandores
que nutrió mi ignorancia de saberes.
de tu vientre sagrado llegué a los resplandores de la vida.
Sonriente, inventaste el amor que me amó siempre,
y tu mirada clara me invitó a resplandores
que nutrió mi ignorancia de saberes.
Preguntas sin sentido te lanzaba, mientras tu inagotable generosidad
respondía perfectas las respuestas, y cuando terminabas,
otra vez más preguntas, otra vez más respuestas cargadas de ternura infinita.
El cansancio y los juegos cambiaban tu presencia por mis sueños,
volando en mariposas, brincando las estrellas, floreciendo hojas secas,
hablando con la luna y escuchando tu voz cantando alegre
y diciendo bajito “cuánto te quiero, chiquitito”, y lentamente,
como si flotara, ascender al lado de una nube profunda y descansar
volviendo a despertar al nuevo día cargado de sonrisa, sin pereza ,
buscándote de nuevo para juntos, volver a inventar otro día extraordinario… mamá.
